La fe —esa disposición íntima que orienta sentido y le da nombre a lo que no se ve— ha sido desde siempre una medicina para la incertidumbre. En épocas de catástrofe, en los vacíos de la modernidad o en los laberintos de la burocracia, creer ha servido para sostener a comunidades y personas. Hoy, sin embargo, nos enfrentamos a un tipo nuevo de desafío: no sólo la erosión del sentido por el escepticismo o la secularización, sino la transformación de la existencia humana en un flujo de credenciales, biometría y verificaciones que la convierten en algo que puede acreditarse —o denegarse— con un gesto digital.

✨ (Re)configuración de la fe en la modernidad

La modernidad prometió convertir la fe en conocimiento: el misterio en explicación y la confianza en certeza. El discurso del progreso secularizó las promesas trascendentes. A cambio, surgieron nuevas devociones: la fe en la técnica, la fe en la eficiencia y la fe en el rendimiento. Ese reemplazo no fue inocuo. Mientras nos alentaba a confiar en sistemas predecibles y en soluciones mensurables, también dejó huecos.

Cuando las promesas técnicas o mercantiles fallan, el vacío no siempre se rellena con racionalidad; con frecuencia nace una sensación de desarraigo. La fe no desaparece: se transforma, a veces en devoción por lo visible, por lo que puede contarse, por lo que puede medirse.

🔒 El control institucional: de lo algorítmico a la ley

Durante años hablamos del papel de los algoritmos: su capacidad para perfilar, recomendar y moldear conductas. Pero el control ya no es sólo técnico o mercantil; está cerrando el círculo con la ley. En el Reino Unido, por ejemplo, el gobierno ha presentado un plan para desplegar una identidad digital que será utilizada para verificar el «right to work» —es decir, se exigirá esa identidad digital para demostrar la elegibilidad laboral— y que integra datos personales y mecanismos biométricos como parte de su funcionamiento.

Ese no es un control teórico: conecta con el cuerpo y con la movilidad. La expansión de cámaras de reconocimiento facial en aeropuertos o de unidades móviles de biometría muestra que la verificación biométrica ya no es una abstracción de laboratorio: es una forma de regular quién puede desplazarse, trabajar y existir en el espacio público.